Por Alejandra Hernández[1]

Este artículo propone interpretar la relación entre violencia y poder desde los aportes de la antropóloga Rita Segato. Se analiza cómo determinadas formas de violencia pueden constituirse en actos políticos donde se expresan relaciones de poder, control y dominación. Desde el enfoque de Rita Segato, el mandato de la masculinidad permite comprender el mecanismo de función que cumple la violencia como una práctica unida con la disputa por el reconocimiento de su hombría, su fuerza, su capacidad de dominar y el ejercicio del poder dentro de las relaciones sociales.

La violación no es un crimen sexual que utiliza la violencia, sino un acto político que utiliza el cuerpo de la mujer y el sexo como armas. El acto de violar no es en respuesta a un “deseo sexual”, sino que busca el reconocimiento del de aniquilación de la voluntad de su víctima. Rita Segato describe que la violación sexual es,

“un acto político patriarcal de poder político que el hombre ejerce sobre la mujer, no por deseo o satisfacción sino por demostrar su masculinidad, su hombría, virilidad. En sociedades organizadas bajo mandatos patriarcales, muchos hombres son socializados para demostrar virilidad y obtener reconocimiento dentro de una corporación masculina.”[2]

La violación también es un acto de lenguaje corporal manifestado a otros hombres a través de y en el cuerpo de una mujer. Se comunican mensajes adscritos al mandato de la masculinidad a través del cuerpo de la mujer que configuran un sistema de normas y expectativas que enseña a muchos hombres que la afirmación de su identidad masculina se da al demostrar el poder que se tiene sobre los cuerpos de las mujeres.[3]

El poder no es adquisición estática, tiene movimiento, puede ser reversible o incluso inestable, mientras que la dominación contiene las relaciones de poder y es aquí donde las formas de relación humana se congelan. Un movimiento que la desestabilice resulta peligroso e incluso abyecto, y la dominación no da tregua a aquello que lo desafíe, no es algo reversible o intercambiable. Como sociedad nos adscribimos a la lógica de la dominación y se persigue el poder como un mecanismo de control sobre otros, desde el plano individual como en lo colectivo, las relaciones de poder dejan de ser dinámicas y reversibles para así convertirse en estados de dominación. El resultado se ve en la consolidación de estructuras jerárquicas que perpetúan la subordinación y limitan la libertad de quienes se encuentran en posiciones de menor poder. El poder, para Foucault, es rico en recursos, abundante en sus métodos, variado en la utilización de tácticas e inventivo en sus formas de movilización.[4]

El sistema patriarcal se caracteriza por ser un “sistema político de dominación primigenio” y se instala como la primera forma de desigualdad, de poder sobre otros, autoridad y “soberanía” absoluta, donde existe un orden de adueñamiento. El mundo se ha convertido en una sociedad del señorío, donde unos cuantos determinan la vida de toda la humanidad.

Existe una perversidad estructural en el ejercicio de control sobre la mujer, bajo una lógica de poder que limita sistemáticamente su derecho a decidir, participar y vivir con dignidad y en libertad. Aunque este sistema ha sido ampliamente cuestionado desde distintos ámbitos del pensamiento crítico, principalmente desde el feminismo, se han arraigado patrones culturales que normalizan la violencia, desigualdad e invisibilización de las mujeres en la sociedad.

El hecho de que la problemática de femicidios, violencia y explotación sexual, maltrato familiar, entre otras violencias nos parezca normal, genera apatía y comodidad hasta convertirse en un tipo de impunidad. Reconocer el sistema patriarcal, sus mecanismos de socialización y los efectos que tienen en la sociedad, implica dirigir la atención hacia nuestro propio interior para reconocer las ideologías, creencias y prácticas que hemos acuñado como nuestras, sin cuestionarlas, y volver la mirada hacia el mundo real que nos rodea, identificando esas estructuras sociales, políticas y culturales que sostienen las relaciones de poder que perpetúan el estado de dominación.

La violencia es un lenguaje de control, que se manifiesta tanto de forma latente como patente en las relaciones humanas. Entender la violencia como lenguaje para comunicarse es complejo porque existe una infinidad de diálogos y mensajes que afirman que “el hombre es naturalmente violento” y que, al ser “natural”, está bien y es permitido.[5]  Rocío Tabora explica en su obra Masculinidad y Violencia en la Cultura Política Hondureña, que existe una relación entre el grado de violencia institucionalizada y la presencia de un modelo patriarcal, imponiendo relaciones de jerarquía y dominación:[6]

En la medida en que las relaciones de poder que se establecen en la familia incluyen el uso de la violencia, se condiciona a los individuos a aceptar la violencia como método legítimo para imponer la autoridad en este y otros subsistemas sociales. Este patrón de relaciones autoritarias se extiende a otros niveles quedando, así como soporte ideológico de violencia, femicidios, gobiernos represivos y de relaciones interpersonales autoritarias.[7]

Este control se legitima y reproduce en las sociedades como cultura, con normatividad, y dispositivos sociales que se confabulan para normalizar la violencia, la impunidad y así reproducir el ciclo que da vigencia al mandato de la masculinidad; construcción social con una normativa que establece modelos de comportamiento, actitudes, jerarquías y formas de ejercer poder para quienes buscan ser reconocidos como verdaderos hombres. La masculinidad funciona como una titulación social universal que prescribe prácticas de dominación, control y disciplinamiento, que los hombres deben acatar, reproducir, y representar con fidelidad y lealtad.

Para fundamentar dicha masculina, se crea una estructura corporativa que obedece a dos principios fundamentales:[8]

    1. Lealtad a la corporación: esta es obligatoria, está por encima de la defensa a la vida y a la defensa de la dignidad, contrario a como se cita en el artículo 59 de la Constitución de la República de Honduras.[9] Para ser leales a la corporación se pueden infringir todas las otras leyes, se pueden desobedecer todas las otras obligaciones, pero no se puede ser desleal a la corporación o fratría (pacto entre hombres), porque se sitúa por encima de cualquier otra consideración ética, jurídica o humana.

Las consecuencias lógicas son palpables en la realidad social. Durante el 2025 desde el Observatorio de Derechos Humanos de las Mujeres de CDM se registraron 936 agresiones contra mujeres, niñas y adolescentes, 262 muertes violentas de mujeres[10]. Estas son expresiones de una estructura que tolera la violencia contra las mujeres, donde la impunidad se convierte en uno de los principales mecanismos de reproducción.

En la mayoría de los casos de femicidios los responsables son prófugos de la justicia y la impunidad impera, se mantiene como la constante social que sigue perpetuando la cultura de la violencia en nuestro país. Se normaliza el asesinato de mujeres por la impunidad histórica que prevalece, ante cualquier derecho fundamental. La lealtad al mandato se convierte en una obligación que prevalece sobre la vida y la dignidad humana.

    1. Jerarquización corporativa: El hombre debe de ser reconocido dentro de la corporación, debe dar pruebas para titularse y ser aceptado dentro de la corporación. Esta estructura se replica en toda la sociedad. Muchos hombres pasan gran parte de su vida intentando demostrar que son suficientemente hombres, suficientemente fuertes, valientes, trabajadores, y proveedores, todo para ser aceptados dentro de la comunidad masculina. Una de las pruebas de ese sometimiento es la apropiación de un tributo obtenido de la posición femenina, exhibida como tributo ante los demás. En la violación o el femicidio, el mensaje principal no va dirigido a la mujer (que es cosificada y reducida a desecho), sino a los demás hombres.

Por consiguiente, el cuerpo de la mujer se convierte en un tributo, algo que es consumido, apropiado por el hombre para luego, exhibirlo ante los demás. El cuerpo de la niña o la mujer pierde su humanidad ante este mandato de superioridad, y su cuerpo se convierte en una cosa. La violación sexual es un acto de lenguaje corporal manifestado a otros hombres a través del cuerpo de la niña y la mujer. Según la tesis de Simone Weil, el cuerpo de la víctima pierda su humanidad ante este mandato, convirtiéndose estrictamente en una cosa.

En 2025, el Ministerio Público de Honduras, registró 2,698 denuncias por delitos sexuales. De estos casos, 1,487 corresponden al delito de violación. Las niñas y adolescentes entre 10 y 19 años constituyen el grupo más afectado, con 1,524 casos registrados, seguidas por las niñas de 0 a 9 años, quienes fueron víctimas en 287 casos.[11]

La filósofa francesa Simone Weil en su obra La Ilíada o el Poema de la Fuerza, analiza la obra de Homero y explicita que la fuerza es aquello “que hace de quienquiera una cosa. Cuando se ejerce hasta el extremo, hace del hombre una cosa en el sentido más literal, pues hace de él un cadáver. Había alguien y, un instante después, no hay nadie.”[12]

Según la tesis de hay dos formas de fuerza:

  1. La fuerza que fulmina, es la fuerza brutal en su máxima expresión:[13] como lo es el femicidio. Aquí la fuerza se ejerce hasta el final, no hay marcha atrás, fuerza desmedida, sin razón o conciencia, llega un momento en donde la fuerza convierte a ambos, tanto a la víctima y al agresor en cosas, porque ambos pierden su humanidad ante los ojos del otro, al final solo uno puede volver a su condición humana.
  2. La fuerza que no mata de golpe, la que mantiene la vida, pero mata el alma/espíritu de aquella que vive bajo un estado de sometimiento,[14] que puede ser el maltrato físico, violencia psicológica y emocional, violencia o agresiones sexuales continuadas. Esta fuerza no te mata de un solo, pero anula cualquier sentido de libertad o dignidad.

Es necesario comprender de qué maneras se construyen, transmiten y se aceptan determinadas ideas sobre lo que significa “ser hombre” y “ser mujer”. Es mediante la educación y los procesos de socialización donde se inicia la construcción de estos significados, intervenir desde edades temprana constituye una responsabilidad que posibilita una transformación intergeneracional. Cuestionar los modelos establecidos en cuanto a la masculinidad y le femineidad, así como la deconstrucción sobre lo que implica el vínculo de “ser hombre” con la fuerza, el control y el dominio sobre los demás. Implica examinar y revisar las prácticas culturales que reproducen el patriarcado como un sistema absoluto, desigual y de dominación, donde se ha perdido el sentido de justicia y prevalece la impunidad, lo que da pie a la legitimidad que ostentan estas relaciones de poder y por ende, la transformación social debe involucrar a toda la sociedad.

Referencias bibliográficas

  • Segato, Rita Laura. Las estructuras elementales de la violencia: Ensayos sobre género entre la antropología, el psicoanálisis y los derechos humanos. Buenos Aires: Prometeo Libros, 2003.
  • Segato, Rita Laura. “La mujer como cuerpo tutelado.” Facultad Libre, seminario-podcast, 13 de enero de 2019. Spotify.
  • Allen, Amy. The Power of Feminist Theory: Domination, Resistance, Solidarity. 2nd ed. New York: Routledge, 2024.
  • Hernández Plancarte, Angélica. “La violencia como lenguaje.” Goooya, núm. 20 (enero-marzo de 2026). Programa Universitario de Estudios sobre Democracia, Justicia y Sociedad (PUEDJS), Universidad Nacional Autónoma de México. https://puedjs.unam.mx/goooya/la-violencia-como-lenguaje/.
  • Tábora, Rocío. Masculinidad y violencia en la cultura política hondureña. Tegucigalpa: Centro de Documentación de Honduras (CEDOH), 1995.
  • Centro de Derechos de Mujeres (CDM). “Violencias contra las mujeres en Honduras – 2025.” 2025. https://derechosdelamujer.org/project/2025/.
  • Constitución de la República de Honduras. Decreto N.131. 11 de enero de 1982. https://pdba.georgetown.edu/Parties/Honduras/Leyes/constitucion.pdf.
  • Weil, Simone. La Ilíada o el poema de la fuerza. Marsella: Les Cahiers du Sud, 1940.

 

 

[1] Filósofa in fieri de Honduras y por Honduras.

[2] Rita Segato, «La mujer como cuerpo tutelado», 13 de enero 2019. Facultad Libre, seminario-podcast, 4min. En Spotify.

[3] Rita Segato, Las estructuras elementales de la violencia (Buenos Aires: Prometeo Libros, 2003), p.16, consultado en Mercosur Social y Solidario.

[4] Amy Allen, The Power of Feminist Theory: Domination, Resistance, Solidarity, 2nd ed. (New York: Routledge, 2024),36.

[5] Angélica Hernández Plancarte, “La violencia como lenguaje,” Goooya, núm. 20 (enero-marzo de 2026), Programa Universitario de Estudios sobre Democracia, Justicia y Sociedad (PUEDJS), Universidad Nacional Autónoma de México, https://puedjs.unam.mx/goooya/la-violencia-como-lenguaje/

[6] Rocío Tábora, Masculinidad y violencia en la cultura política hondureña (Tegucigalpa: Centro de Documentación de Honduras, CEDOH, 1995), 40.

[7] Ídem.

[8] Rita Segato, entrevistada en “Las estructuras de la violencia: Análisis capitalismo-patriarcado”, video de YouTube, publicado el 19 de mayo de 2022, YouTube, https://www.youtube.com/watch?v=IRDyp9_GBe4.

[9] «La persona humana es el fin supremo de la sociedad y del Estado. Todos tienen la obligación de respetarla y protegerla. La dignidad del ser humano es inviolable.», Constitución de la República, artículo 59. Decreto No. 131. 11 de enero 1982.

[10] CDM, Centro de Derechos de Mujeres. “Violencias contra las mujeres en Honduras – 2025”. Disponible en https://derechosdelamujer.org/project/2025/

[11] Las estadísticas del Ministerio Público no solo reflejan un dato alarmante, la violencia sexual es un tipo de fuerza que cosifica. Los reportes de víctimas menores de edad revelan que a las niñas se les somete y se les priva de su derecho a que se respete su integridad física, psíquica y moral (artículo 68 de La Constitución de la Republica de Honduras).

[12] Simone Weil, La Ilíada o el poema de la fuerza. Marsella: Les Cahiers du Sud, 1940.p.1

[13] Ídem, p.2.

[14] Ídem, p.2.

Alejandra María Hernández Vidal estudió Filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras. Ha sido integrante de la Asociación de Estudiantes de la Carrera de Filosofía y actualmente integra el Tribunal de Honor de Apo-Autis.

Es filósofa in fieri: una mujer feminista en constante formación, interesada en la filosofía, la política, el arte. Entiende la filosofía como pensamiento, pero también como una práctica situada, vinculada con la vida y con las realidades concretas de Honduras; una filosofía que no permanezca únicamente en los libros, sino que dialogue con la realidad.

Actualmente realiza su Práctica Profesional Supervisada en el Centro de Derechos de Mujeres (CDM), espacio que le ha permitido aproximarse de manera directa a una de las caras más dolorosas de la realidad hondureña: las violencias que atraviesan la vida de las mujeres. Esta experiencia ha profundizado su interés por comprender críticamente Honduras, sus contradicciones, sus violencias y también sus posibilidades de transformación.

Filósofa in fieri, de Honduras y por Honduras.